La resiliencia en nuestros estudiantes: ¿un desafío pendiente?

E. SandovalAlgunos autores definen la resiliencia como aquel “conjunto de procesos sociales e intrapsíquicos que posibilitan tener una vida «sana» en un medio insano. Estos procesos se plasman a través del tiempo, dando afortunadas combinaciones entre los atributos del niño y su ambiente familiar, social y cultural”. (Rutter y Rutter, 1992). Otros afirman que la resiliencia distingue dos componentes: la resistencia frente a la destrucción (es decir, la capacidad de proteger la propia integridad bajo presión) y, por otra parte, más allá de la resistencia, la capacidad de forjar un comportamiento vital positivo pese a las circunstancias difíciles (Vanistendael, 1994).

La resiliencia es la capacidad del ser humano para hacer frente a las adversidades de la vida.

Dicho lo anterior, consensuaremos en que la resiliencia será aquella capacidad del ser humano para hacer frente a las adversidades de la vida, superarlas e inclusive, ser transformados por ellas. Al profundizar en las Historias de Vida de Adolescentes Infractores de Ley (Sandoval, 2012; 2014), hemos observado que la mayoría de los jóvenes ha enfrentado una amplia gama de situaciones adversas (contextos de alta deprivación sociocultural, hambre, marginación y exclusión social, violencia escolar, repitencia o fracaso escolar, etc.) desde temprana edad, utilizando recursos cognitivos y habilidades de alto valor educativo. Pero ¿qué tipo de recursos o habilidades cognitivas le han permitido continuar con sus procesos de desarrollo? ¿Cuál es el papel de la resiliencia en la trayectoria vital de niños y jóvenes provenientes de contextos vulnerados?

En aquellos establecimientos educacionales que poseen un alto índice de vulnerabilidad escolar, notamos que muchos de nuestros estudiantes se ven enfrentados cotidianamente a enormes desigualdades sociales, pero pocos se detienen a pensar que, muchos de ellos, desarrollan a lo largo de su vida un alto grado de resiliencia, sobreponiéndose a experiencias tremendamente desoladoras y negativas (cuando, muchas veces, llegar a la escuela ya es un desafío).

Esto permite comprender que muchos exhiben un alto nivel de destreza para sortear experiencias negativas, retomar sus vidas y esforzarse para conseguir lo que se proponen (aun cuando eso implique la vinculación a un delito), evidenciando la autonomía e independencia (es decir, fijarse límites entre ellos y el problema, sin caer en el aislamiento o la soledad), visión positiva respecto al futuro (manteniendo una actitud optimista, pese a lo adverso de las situaciones), alta sociabilidad (exhibiendo bastante maestría para establecer diversos lazos e intimidad con otras personas, equiparando la propia necesidad de afecto con la actitud de brindárselo a otros).

Finalmente, y a modo de reflexión, resulta interesante preguntarnos si ¿estamos aprovechando tales recursos dentro del sistema escolar? ¿Qué podemos hacer para construir, transversal y curricularmente, un modelo educativo integrador y centrado en las potencialidades de cada estudiante? ¿Nuestros marcos de convivencia escolar están educando verdaderamente en valores? Esperemos que tales orientaciones no sean simplemente palabras de buena crianza, sino más bien una realidad que nos oriente en la construcción de una sociedad respetuosa e igualitaria para todos y todas.

Eduardo Sandoval Obando Psicólogo – Magíster en Educación, Mención Políticas y Gestión Educativas
Doctorando en Ciencias Humanas, UACH
Investigador Visitante – Facultad Ciencias de la Educación Universidad de La Coruña
Correspondencia a: eduardo.sandoval@correo.udc.es