Universidad e industria de alimentos, una visión actual de cooperación

Javier ParadaChile es un país que pretende ser una potencia alimentaria a nivel mundial. Esto es, en palabras sencillas, que el rubro “alimentos” genere ganancias tan altas que represente una fracción importante de la producción nacional y mundial.

La universidad es un ente cuya labor radica en generar conocimiento y ponerlo a la disposición de la sociedad, y desde ahí formar capital humano.

En la práctica sería instalar a este rubro como uno de los pilares de nuestra economía. No es una tarea fácil. Tenemos competidores importantes, países con grandes extensiones de terreno para producir a escalas mucho mayores, como Estados Unidos o Argentina, o países que han hecho de la calidad y el dar valor agregado su mayor fortaleza, como Nueva Zelanda. Así, el mundo en que nos desenvolvemos nos obliga a ser muy estratégicos al diseñar un camino a recorrer, el cual debe ser fruto de una discusión y visión muy amplias.

Un buen comienzo en el análisis sería aclarar lo que somos. Básicamente somos un país de territorio y volúmenes de producción moderados, con mucho mar, con climas y condiciones geográficas que nos permiten producir, si lo hacemos bien, con mucha calidad una diversidad de productos, y con una población lo bastante pequeña como para no tener tantos problemas a la hora de asegurar la alimentación básica de todos. No es un mal escenario. La verdad, es bastante bueno, pero si no se entiende y maneja bien puede no aprovecharse y terminaremos lamentándonos por la oportunidad que nos farreamos.

Dicho esto, resulta meridianamente claro que será muy difícil plantearnos una carrera donde debamos ganar por volúmenes, salvo en algunos rubros, sin causar algún tipo de desequilibro ecológico y social, pero sí tenemos buenas posibilidades en una carrera de largo aliento basada en ir ganando nichos de consumidores a base de productos de alta calidad, atractivos, y que respondan a las necesidades actuales y futuras de personas cada vez más educadas, exigentes y caprichosas. ¿Y nuestra mayor desventaja en este escenario? yo creo que es nuestro aún escaso desarrollo cultural, social y económico enfocado a la excelencia, responsabilidad y conocimiento; en resumen, una realidad aún “en vías de desarrollo”.

Entonces, ¿cómo superamos estas brechas? es ahí donde las universidades deben jugar un rol relevante, pero, lamentablemente, la respuesta real no es tan fácil y choca con las imágenes idealizadas, y eso produce (y ha producido) fracaso. 

En general, es común imaginar la universidad como algo similar a una institución de beneficencia, que debe funcionar a base de voluntarismo y caridad, es decir, ayudar a la industria a base de mirarla desde arriba y proponer algunas acciones (proyectos, investigación, etc.) para apoyarla subsidiariamente. Junto a esto, se tiende a pensar que la universidad debiese dejar de hacer un poco lo que hace y hacer lo que la empresa o el medio realmente necesita o requiere. Este modelo ha sido el origen de innumerables frustraciones.

La universidad es un ente cuya labor radica en generar conocimiento y ponerlo a la disposición de la sociedad, y desde ahí formar capital humano. Nada más ni nada menos que eso.

Pensar en que deje de cumplir esa labor por hacer otra es simplemente inviable. El sistema de incentivos para los investigadores (incentivos tanto académicos como económicos) dentro de las universidades está destinado a aumentar la productividad en lo que les compete, por lo que creer que un académico dejará de cumplirle a la universidad por cumplirle al medio externo se transforma en un acto hasta cierto punto irracional y atenta contra la misma carrera académica de los involucrados y al desarrollo de la universidad.

El éxito académico de un investigador se mide en publicaciones académicas, obtención de recursos en proyectos de investigación y cantidad de docencia en pre y postgrado, y todo esto suele estar muy lejos de las necesidades de la empresa, que requiere soluciones muy concretas y a corto plazo, donde muchas veces no se necesita generar conocimiento de impacto sino solo transferir o implementar tecnologías

Esta es la disyuntiva que mata cualquier posible colaboración. Entonces, ¿qué hacer? Lo primero es entender que esta es y seguirá siendo la realidad, y que esta realidad no es culpa de nadie, sino fruto de la naturaleza misma de las instituciones. Y lo segundo, se debiese generar una cooperación bidireccional, donde ambas partes compartan los costos y los beneficios, ya sean estos tangibles (monetario, infraestructura, etc.) o intangibles (productos académicos como publicaciones, prestigio, etc).

Esto implica que nadie deje de hacer su labor por colaborar con la otra parte, sino que integren la labor del otro en su propio quehacer. Si esto se hace bien, las posibilidades de éxito debiesen aumentar considerablemente. Pero, ¿cómo lograr esto realmente?, aquí algunos puntos claves:

Trabajos de titulación. Los trabajos de titulación son una oportunidad enorme de colaboración, ya sean trabajos de pre o post grado. Una colaboración a este nivel implica que el trabajo de titulación, que es la última actividad que los estudiantes realizan y que les permite titularse, se realice en la industria o en colaboración con ella, resolviendo una problemática real de ésta. En este caso los gastos operativos correrían por parte de la industria o pueden costearse con fondos externos (CORFO, CONICYT, etc.), mientras que la universidad aporta una persona bien capacitada a bajo costo y la asesoría de un académico del área. La industria obtiene la solución que busca y la universidad logra la titulación de un estudiante, que además contará con una experiencia pre laboral muy valiosa. Un aspecto muy importante a definir antes de iniciar la colaboración es identificar si el problema a solucionar requiere de un estudiante de pregrado, de magister o de doctorado. Una buena guía para resolver este tema se muestra en la Tabla 1.

Profesional bisagra. Aunque lo primero que uno piensa a la hora de armar un equipo de trabajo es imaginarse a un académico entablando contacto directo con personas implicadas en el trabajo rutinario de la empresa y desde ahí generar un proyecto, en la práctica este escenario con seguridad generará dificultades y poca eficiencia, si no el total fracaso del proyecto. La solución de esto es contar con “profesionales bisagra” capaces de articular y ejecutar el proyecto en cuestión, algo así como una oficina de proyectos que no está directamente relacionada ni con la parte productiva de la industria ni con el quehacer propio de la academia universitaria (su tiempo y prioridades son independientes), pero que al mismo tiempo entiende y asume perfectamente las exigencias que estas dos instituciones tienen, así como la naturaleza del problema. Este profesional debe ser del área tecnológica propia del problema a resolver, estar a cargo, entre otras cosas, de definir la magnitud del problema, saber buscar las universidades y académicos más adecuados para el problema en cuestión y gestionar los recursos junto con las instituciones involucradas. La no existencia de este tipo de profesional implica que los actores de ambos mundos, universidad e industria, intenten entrar en áreas donde no son competentes, generando altos grados de decepción.

Existencia de redes. En el mundo actual es fundamental contar con redes bien estructuradas de universidades. Es común encontrar entre estas instituciones tanto laboratorios bien equipados como plantas piloto donde realizar pruebas que las industrias no pueden realizar. Sin embargo, es iluso en nuestra realidad nacional pensar en una sola institución capaz de cubrir todas las necesidades del medio. Sin embargo, sí es posible pensar en que cada industria podrá encontrar un buen socio en alguna de las universidades existentes. Chile debe aprovechar la capacidad instalada y de ahí seguir creciendo. Si se lograra coordinar una red que en conjunto cubra bien las áreas y necesidades de la industria nacional, estaríamos ante una estructura capaz de apoyar hipotéticamente a cualquier industria sin tener que conseguir nuevos fondos de inversión para cada nuevo proyecto, sino básicamente solo fondos para gastos operacionales. Esto requiere una gran gestión y visión, lo que debe abordarse de manera coordinada.

En la Universidad Austral, y específicamente en la Facultad de Ciencias Agrarias, existen las competencias básicas para aportar de manera real e importante en el desarrollo del área agroalimentaria bajo el modelo aquí expuesto. Nuestra Facultad cuenta con académicos e instalaciones (laboratorios, plantas piloto, etc.) que cubren varias áreas de la cadena productiva, desde la producción de materias primas hasta la obtención de productos finales. La carrera de Ingeniería en Alimentos ha titulado más de 400 profesionales desde su fundación y se encuentra con un plan innovado que responde a las necesidades del medio. Contamos con programas de postgrado enfocados en la generación de conocimiento, junto a una gran experiencia en el desarrollo de proyectos de investigación en todo al ámbito agroalimentario. En otras palabras, si se sigue un camino coherente de cooperación con la industria, nuestra institución sin duda puede convertirse en un apoyo real y relevante para hacer de Chile una potencia alimentaria.

Dr. Javier Parada

Director Escuela de Ingeniería en Alimentos

Académico Instituto de Ciencia y Tecnología de los Alimentos (ICYTAL)

Facultad de Ciencias Agrarias Universidad Austral de Chile -Valdivia -CHILE

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