Los atentados en París: una realidad que impacta y que invita a la reflexión

La disputa por ciertos territorios con intereses económicos seguirán reproduciendo el statu quo imperante, el lamento de millones de personas y la pérdida de vidas inocentes.

E. SandovalHan pasado algunos días desde los atentados perpetrados por células yihadistas en contra de personas inocentes en París, los que nos llenan de dolor, impotencia e incluso rabia en contra de lo que representan estas personas; llevándonos a la búsqueda de justicia y a la persecución implacable en contra de quienes aparecen, según las investigaciones policiales, como los responsables de estas acciones (muchos de los cuales, no superaban los 30 años de edad y que además, habían crecido dentro de la Unión Europea, siendo la muestra más clara, de la marginación y exclusión social imperante).

Dejando atrás el dolor e intentando encontrar el equilibrio, vale la pena reflexionar en torno a las siguientes interrogantes: ¿Qué motivó la acción de estos jóvenes? ¿La defensa y reivindicación ideológica por el Estado Islámico? ¿La supremacía de una religión por sobre otra? ¿Cómo se financian estos grupos? ¿Qué intereses económicos o territoriales están en juego? ¿Quiénes ganan con las guerras? Al respecto, enfatizamos firmemente, que nada justifica la muerte de personas inocentes (incluyendo a todas las víctimas que han fallecido en los distintos países del mundo, sin distinciones raciales, sociales, políticas o religiosas), marcados a fuego por el dolor causado en estas luchas ideológicas y económicas, a las que nos vamos acostumbrando en el siglo XXI.

Lo dramático de la situación es que la historia se ha encargado de demostrarnos, una y otra vez, que la violencia sólo genera más violencia, perjudicando inevitablemente, a miles de familias que día a día luchan por sobrevivir en un mundo cada vez más desigual, individualista y competitivo.

De igual manera, resulta valioso señalar que lo ocurrido tiene un contexto y una historia previa. Y es que si intentamos ver más allá, nos encontramos con que los principales exportadores de armas en el mundo son Estados Unidos, Rusia, China, Alemania y Francia, según el ranking del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI)[1]. Entre los cinco controlan el 73 % del mercado de exportaciones de armas, destacando Estados Unidos (con un 31 % del mercado en el periodo comprendido entre 2010 y 2014) y Rusia (con un 27 %). Por su parte, China, Alemania y Francia se reparten un 5 %.

En la misma línea, se observa que los tres principales clientes de Estados Unidos, durante 2010 – 2014, fueron: Corea del Sur (9 %), Emiratos Árabes (8 %) y Australia (8 %), mientras que los mejores clientes de Rusia fueron India (39 %), China (11 %) y Argelia (8 %). .Desde una perspectiva crítica, notamos que la lucha armada entre las principales potencias del mundo, las “coaliciones entre el eje del bien y el mal”, los millonarios ingresos económicos que genera la venta de armas en el mundo (que sólo beneficia a unos pocos), la disputa por ciertos territorios con intereses económicos (petróleo, el gas, el dominio sobre rutas marítimas para agilizar el comercio, etc.), seguirán reproduciendo el statu quo imperante, el lamento de millones de personas y la pérdida de vidas inocentes (sirios, franceses, africanos, etc.). Más aún, pareciera ser que se olvida el acuerdo alcanzado por la Organización de Naciones Unidas (ONU), respecto al Tratado sobre Comercio de Armas[2], el que indica que “Todos los países que participen en el comercio de armas convencionales, comparten la responsabilidad por los ‘daños colaterales’ que causa – muertes, lesiones y abusos contra los derechos humanos generalizados”. ¿Qué se ha hecho, específicamente, en esta materia? Quizás, como muchos de los acuerdos políticos que se hacen en el mundo, sólo terminan siendo palabras de buena crianza, para justificar las acciones armadas, económicas, religiosas o sociales, en contra de unos y otros. Al parecer y quizás lo más grave, es que hemos perdido la confianza en las instituciones públicas, aumentando nuestro desencanto hacia los gobernantes, producto del descaro con el que lucran y justifican sus acciones cotidianamente. El llamado será entonces a reencontrarnos como ciudadanos críticos en la recuperación de la solidaridad, la democracia y la justicia social que nos permita cambiar el paradigma actual.

Eduardo Sandoval Obando – Psicólogo Magíster en Educación, Mención Políticas y Gestión Educativas

Doctorando en Ciencias Humanas, UACH – Investigador Visitante Facultad Ciencias de la Educación Universidad de La Coruña

Correspondencia a: eduardo.sandoval@correo.udc.

[1] Para mayor información, puede visitar el sitio web de este organismo en: http://www.sipri.org/

[2] De acuerdo al Artículo 26 de la Carta de las Naciones Unidas, se busca promover el establecimiento y mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales con la menor desviación posible de recursos humanos y económicos del mundo hacia los armamentos. Ver:  http://www.un.org/disarmament/ATT/docs/ATT_text_%28As_adopted_by_the_GA%29-S.pdf