La Verdad: Parménides en nuestro tiempo

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En la mitología romana, Veritas (Verdad) era la diosa de la verdad, hija de Saturno y madre de la Virtud. Se creía que se ocultaba en el fondo de un pozo sagrado porque era muy elusiva.

Su imagen la muestra como una joven virgen vestida de blanco. Veritas es el nombre dado a la virtud romana de la veracidad, que fue considerada como una de las principales virtudes que cualquier buen romano debía poseer.

“El adulterio en la ficción televisiva no es, ya no suele ser, un asunto legal. Tampoco implica un juicio moral. Habla más bien de traiciones íntimas, de falta de confianza y de mentir, y, eso, la mentira, ya sea pública o privada, la mentira como símbolo, pasa de ser un asunto privado a un síntoma de la sociedad”. de “Infidelidad en el aire

 
La mentira, ya sea pública o privada, la mentira como símbolo, pasa de ser un asunto privado a un síntoma de la sociedad.

La Verdad es una de las virtudes a que más se alude o de la que más se visten las personas, Gobiernos, instituciones, ricos, pobres, nobles y villanos. Pero no necesariamente por ser la más aludida o la más pretendida, es la más practicada. Por el contrario, la gente se ha acostumbrado a mentir de la manera más natural. Las personas pueden afirmar algo y esto no ser cierto, o decir que están haciendo algo o lo van a hacer, y sencillamente no hacerlo; desde el más común “voy saliendo” o “sí, voy”, en circunstancias de que no va saliendo y llegará mucho más tarde de lo prometido o sencillamente no irá, hasta las promesas de las campañas políticas o compromisos que no se cumplen. O se cumplen de tal manera que dejan una gran insatisfacción y queda la sensación de que no era así como se había entendido.

Creo que se miente porque no se le da valor a las palabras. Las palabras han perdido su sacralidad y, por consecuencia, su poder. En estos nuevos tiempos, en este Renacimiento que está viviendo la humanidad, en que renacen las virtudes cardinales, de la época clásica, Justicia, Verdad, Prudencia, Fortaleza y Templanza, que implican un ejercicio de la voluntad y fortalecimiento del carácter, y en que se debilitan las teologales, Fe, Esperanza y Caridad, en que hay un cuestionamiento a todo lo que hasta ahora nos parecía incuestionable, es imprescindible otorgarle un gran valor a las palabras.

Ser verdadero, ser auténtico, consiste en ser consecuente con lo que decimos y cumplir con nuestras promesas. Si no lo vas a hacer, mejor no lo digas. Y si lo has prometido, hazlo. Así, hablaríamos y prometeríamos menos y nuestra palabra iría cobrando un valor irrefutable e incuestionable.

Ser verdadero se puede lograr. Solo basta no mentir. Nunca. Hacernos esa promesa cada día y cumplirla en cada momento o circunstancia; es el único camino válido.

Los grandes filósofos de la Magna Grecia buscaban la verdad a través diversos métodos o siguiendo diversos caminos y dejaron muchas teorías que en verdad no han servido mucho; las religiones, tampoco. Día a día asistimos a un verdadero carnaval de la mentira en las altas y bajas esferas del mundo político, religioso y empresarial. Y a escala individual, los fracasos en las relaciones de pareja se deben a la mentira concretada en la infidelidad. Es decir, ni la más alta filosofía ni las religiones fueron capaces de formar a seres humanos verdaderos. Así, solo nos queda volvernos a nosotros mismos, a nuestra realidad cotidiana, a nuestro día a día, a nuestro entorno más inmediato; y allí actuar en consecuencia con esas virtudes que dejarán de ser abstracciones para convertirse en reales al personificarse en nosotros mismos en cada momento de nuestras vidas.

Resulta interesante desentrañar el término “sofista”. Sofista es quien utiliza el sofisma para razonar, razonamiento que no está al servicio de la verdad, sino de los intereses del que habla.

Así, sofisma es sinónimo de falacia, engaño, es un argumento que parece válido, pero que no lo es. (Lógica. Silogismo vicioso o argumento capcioso con que se pretende hacer pasar lo falso por verdadero. Sofisma: argumentación falsa, pero de apariencia verdadera, con la que se pretende confundir a otra persona).

Y más notable: “Las falacias son de interés no solo para la lógica, sino también para la política, la retórica, el derecho, la religión, el periodismo, la mercadotecnia, el cine y, en general, cualquier área en la cual la argumentación y la persuasión sean de especial relevancia”.

Si estamos viviendo un Renacimiento, debemos tratar de que lo que renazca no sean los sofistas, sino los eleáticos, para cuyo más alto exponente, Parménides: “Lo que es, es; y lo que no es, no es”. En su Poema del ser, expone su doctrina reconociendo dos caminos para acceder al conocimiento: la vía de la verdad y la vía de la opinión. El ser es uno, y la afirmación de la multiplicidad que implica el devenir, y el devenir mismo, no pasan de ser meras ilusiones.

“Ea, pues, que yo voy a contarte (y presta tu atención al relato que me oigas) los únicos caminos de búsqueda que cabe concebir:
el uno, el de que es y no es posible que no sea, es ruta de Persuasión, pues acompaña a la Verdad; el otro, el de que no es y el de que es preciso que no sea, este te aseguro que es sendero totalmente inescrutable”.

Para alcanzar el conocimiento, solo nos queda pues, la vía de la Verdad. Esta vía está basada en la afirmación del ser: el ser es, y en la consecuente negación del no ser: el no ser, no es.

“Y ya solo la mención de una vía queda; la de que es. Y en ella hay señales en abundancia; que ello, como es, es ingénito e imperecedero, entero, único, inmutable y completo”.

Afirma Parménides en estas líneas la unidad e identidad del ser. El ser es, lo uno es. La afirmación del ser se opone al cambio, al devenir y a la multiplicidad.

Frente al devenir, al cambio de la realidad que habían afirmado los filósofos jonios y los pitagóricos, Parménides alzará su voz que habla en nombre de la razón: la afirmación de que algo cambia supone el reconocimiento de que ahora “es” algo que “no era” antes, lo que resultaría contradictorio y, por lo tanto, inaceptable. La afirmación del cambio supone la aceptación de este paso del “ser” “al “no ser” o viceversa, pero este paso es imposible, dice Parménides, puesto que el “no ser” no es.

El ser es ingénito, pues, dice Parménides ¿qué origen le buscarías? Si dices que procede del ser entonces no hay procedencia, puesto que ya es; y si dices que procede del “no ser” caerías en la contradicción de concebir el “no ser ” como “ser”, lo cual resulta inadmisible. Por la misma razón es imperecedero, ya que si dejara de ser ¿en qué se convertiría? En “no ser ” es imposible, porque el no ser no es… (“así queda extinguido nacimiento y, como cosa nunca oída, destrucción”).

Parménides afirma, en el poema, la superioridad del conocimiento que se atiene a la reflexión de la razón, frente a la vía de la opinión que parece surgir a partir del conocimiento sensible. Pero el conocimiento sensible es un conocimiento ilusorio, apariencia. Podemos aceptar, pues, que Parménides introduce la distinción entre razón y sensación, entre verdad y apariencia”.

Magdalena Mattar

Directora contenidos periodísticos Sur Actual