Imagen y semejanza: a propósito del museo de cera y Tomás de Aquino

Por Ignacio Serrano del Pozo, director del Centro de Estudios Tomistas de la Universidad Santo Tomás sede Concepción

Elohim Creating Adam 1795-c. 1805 William Blake 1757-1827

Hace unas semanas todo Chile parecía discutir sobre las estatuas del Museo de Cera de Las Condes y los parecidos o desemejanzas de sus piezas con los personajes representados. Por distintas razones, a mí siempre la cuestión de la semejanza me ha causado intriga. Probablemente su punto de partida se encuentra en el pasaje bíblico del Génesis, en el que Dios dice en plural “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza […] Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.”    

Comentando este texto, Tomás de Aquino, “el más sabio de los santos, el más santo de los sabios” a decir del Papa Pío XI, aclara precisamente la diferencia entre imagen y semejanza. La semejanza hace alusión a un parecido o cierta igualdad, mientras que la imagen se refiere -por el contario- a una imitación. Un huevo por más que sea semejante a otro huevo -el ejemplo es del mismo Tomás- no es imagen de aquel, pues falta la relación de causalidad entre ambos.  El reflejo de un cuerpo en un espejo, por más que esté distorsionado u opaco, sí es, en cambio, imagen de quien se refleja, pues de él procede, aun faltando la semejanza.

El problema de los muñecos de cera -si volvemos al comienzo y seguimos esta línea de argumentación- no es que ellos no sean una imagen del original, en cuanto el artista se inspiró en los reales para sus copias, sino que ha faltado la semejanza.

Más aún, si creemos en lo que ha señalado recientemente el escultor a cargo de estas polémicas figuras (su nombre es Rómulo Aramburú), podríamos decir que esta falta de similitud tiene incluso una causa extrínseca: alguien intervino y retocó su obra, distorsionando justamente la semejanza original.     

Si lo llevamos a las criaturas, podemos decir que toda la creación es semejanza del Creador, tanto un rayo de sol como una pequeña abeja, en cuanto comparten algo de la bondad de Dios. Sin embargo, sólo la criatura racional es, además de semejante, imagen de la divinidad, pues sólo ella ha sido hecha de la misma naturaleza espiritual.

Y precisamente por esta dignidad especial, sólo la criatura racional es capaz de entrar en diálogo con el mismo Creador, de proferir palabras que proceden del entendimiento y de introducirse en relaciones de amistad mediante la voluntad. Con todo, no acaba aquí la «imitación y semejanza», el mismo Doctor de la Iglesia señala que entre todas las criaturas racionales, como podrían ser los ángeles u otros seres superiores, el hombre y la mujer representan más plenamente a Dios que ningún otro. Pues varón y mujer comparten con Dios la tarea generativa o co-creadora.

Si retomamos la comparación con las figuras de cera, cabe preguntarse -y Tomás de Aquino también indaga en esta cuestión- si esta semejanza e imitación de las personas con Dios podría perderse, como si alguien maliciosamente retocase nuestra figura para distanciarnos del Creador.

Si bien nuestra vocación humana es precisamente conservarnos según el plan original, por influencia de nuestros «actos desordenados», infidelidad a la verdad o faltas de amor, esta imagen puede distorsionarse; o, por el contrario, podemos mediante nuestros actos virtuosos y la gracia de Dios, mantener el brillo primigenio. Porque siempre sobrevive en el fondo la imagen primera, la intención originaria del Artista, la que permite reconocer qué hay ahí, incluso en el más malvado o pecador de los seres humanos. 

De hecho, a la creación sigue la obra redentora, pues Cristo vino al mundo precisamente para restablecer la imagen de Dios en el hombre, de modo que vuelva a relucir el resplandor divino tantas veces opacado o distorsionado. Y más aún, como excelente curador (en su doble sentido de sanador y esteta), Él ha logrado hacer que esta imagen sea –incluso- mucho más semejante al modelo original. 

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